
06-Jun-2008
Razones
Jorge Fernández Menéndez
Con la mira en 2009
Los
partidos ya casi han abandonado los objetivos políticos y legislativos
que pudieran tener interés para la ciudadanía y se están concentrando
exclusivamente en los suyos. Y en ese calendario nada es más importante
que las elecciones de 2009. Quedan por supuestos temas a tratar, pero
cada día que pasa el peso de los comicios intermedios acota los
márgenes de maniobra.
En ese contexto, las encuestas actuales
tendrían que hacer reflexionar a los partidos sobre su accionar y su
futuro. En las encuestas dadas a conocer en los últimos días, a casi
dos años de las elecciones de 2006 y a uno de las de 2009, el
presidente Calderón sigue manteniendo un relativamente alto nivel de
aceptación que oscila entre el 7.5 y el 6.2 y destaca en todos los
estudios la puntuación que le proporciona la ciudadanía en el capítulo
de la lucha contra el narcotráfico (una demostración de que ese
capítulo está siendo mal manejado, con mucha confusión, en la
comunicación gubernamental, es que mientras un muy alto porcentaje
respalda al Presidente en esa batalla, cuando se pregunta quién va
ganando la misma, la mitad opina que el narcotráfico). Pero, ¿qué
sucede en términos partidarios?
Todas las encuestas coinciden en
que, si hoy hubiera elecciones, el PRI estaría cerca de 41 o 42%, el
PAN se mantendría en 39% y el PRD se caería hasta 16% (incluso en una
encuesta ordenada por el grupo parlamentario del PRD en el Senado, el
porcentaje de voto duro de ese partido sería de 5.5%). En otras
palabras se repetiría el escenario de 1991, que fue desastroso para el
perredismo, con una diferencia muy importante: seguirían manteniendo el
control de la Ciudad de México, aunque pueda ser previsible que sin una
ventaja tan significativa y, con las modificaciones electorales
recientes en la capital, ya sin la cláusula de gobernabilidad, no
tendrían las mayorías absolutas de ahora.
En otras palabras, el
voto perredista está concentrado en la capital y otras zonas muy
específicas del país y todavía falta ver qué sucederá a la hora de
designar candidaturas cuando la dirigencia está lejos de definirse. En
este proceso, López Obrador ha decidido apostar a 2012, sabiendo que no
puede capitalizar la elección intermedia, salvo que se presentara como
candidato a diputado, lo que anularía su discurso de presidente
legítimo. Marcelo Ebrard, mientras tanto, ha decidido adelantar,
erróneamente, sus aspiraciones para 2012, pero entonces debe seguir al
pie de la letra la línea de López Obrador.
Algunos han señalado
que la propuesta del referéndum sobre la reforma energética es un
acierto político de Ebrard. No lo creo, pero si lo fuera, el ganador no
será Ebrard sino López Obrador, que fue quien propuso esa medida y que,
insistimos, no tiene la responsabilidad de gobernar una ciudad.
El
PRI, luego del desastroso paso electoral de 2006, ha sido el que más ha
ganado pero, como siempre que se acerca una elección, sus números
comienzan a ser más inciertos porque debe privilegiar su endeble
unidad. Para estas fechas, en 2005, el PRI tenía ganadas las elecciones
presidenciales (Peña Nieto obtuvo la gubernatura del Estado de México
con 50% de los votos), pero el conflicto entre el madracismo y Elba
Esther los llevó a la peor derrota de su historia. Los votos priistas
se fueron en parte hacia López Obrador y otros, en la presidencial, a
Felipe Calderón. Al PRI le ha ido muy bien en los procesos locales
desde entonces y se acerca el tipo de elección en la que mejor
funciona: las intermedias, donde tiene que poner el acento en las
candidaturas locales y en la fuerza de su organización. Pero también
comienzan las luchas internas y las dudas del priismo sobre su
verdadero destino y objetivo: después de 2003, por la división interna,
abandonó la vía reformista y perdió la mitad de sus votos. Para una
caricatura del PRD, el elector prefiere el PRD auténtico. Cuando el
priismo apuesta a ser una alternativa reformista gana, pero la lucha
interna lo lleva en demasiadas ocasiones a radicalizarse. Eso lo han
visto quienes realmente manejan el partido y Francisco Labastida ya ha
dicho que el priismo irá con una propuesta propia que seguramente
buscará que confluya con algunos aspectos de la del gobierno y, quizás,
con algo de lo planteado por Cuauhtémoc Cárdenas. El hecho es que si el
PRI no apuesta al reformismo, a mostrarse como un partido dispuesto al
cambio, sin perder su perfil de oposición “responsable”, no recuperará
los votos que se fueron al lopezobradorismo en 2006.
Para el PAN
las encuestas muestran dos cosas buenas, pero confirman una mala: las
buenas son que el margen de aceptación del presidente Calderón sigue
siendo alto y el voto duro de ese partido se mantiene en un envidiable
porcentaje de alrededor de 35%, sobre todo si la nueva dirección logra
aterrizar sobre una plataforma de centro y abrir sus candidaturas fuera
del establishment partidario. Lo que se acrecienta con el hecho de que,
de las seis elecciones estatales que habrá el primer domingo de julio
del año próximo, estaría en condiciones de ganar por lo menos tres (su
objetivo es cuatro de las seis y en realidad tendría posibilidades en
cinco: Nuevo León, Colima, Campeche, Querétaro y San Luis Potosí, sería
casi imposible que ganara Sonora, aunque el hecho es que la suma de
elecciones locales y legislativas ayuda al PAN). En realidad, el
secreto estará en que pueda establecer una organización adecuada y
elija a los candidatos que realmente pueden competir. Ese fue uno de
los grandes errores del panismo en el pasado. Eso debe cambiar. Y su
dirigencia, comenzar a aparecer en el debate público, porque no
participa de él.
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